La ilusión ha sido tratada históricamente como el reverso de la verdad, como un engaño, una mentira. Sin embargo, la manera en que hemos construido el mundo parece responder más a los efectos de la ilusión que a lo que ninguna verdad pueda llegar a ofrecernos. Este ha sido siempre el secreto inconfesado de la cultura.
Sabemos que, en nuestra vida y en nuestra toma de decisiones, el terreno ilusorio de la fantasía y el deseo ocupa más espacio que la verdad que nos proporcionan nuestra atención y nuestro juicio. Si no fuera así, no elegiríamos a parejas que nos atraen aun sabiendo que nos desequilibran, en lugar de otras que nos ofrecen cuidado y estabilidad; no consumiríamos compulsivamente objetos y marcas que sabemos innecesarias o incluso éticamente reprobables; no pondríamos en riesgo nuestra salud por encajar en ideales estéticos inalcanzables; no votaríamos a los políticos por su carisma aun sabiendo que sus agendas nos perjudican; no aceptaríamos empleos que nos agotan a cambio de prestigio simbólico; no pasaríamos horas en redes sociales mostrando una versión distorsionada de nuestra vida que nos produce más ansiedad que contacto; no nos aferraríamos a creencias o rituales irracionales.
Es por todo eso que, vista de cerca, no deberíamos concebir la ilusión como lo opuesto a la verdad tan alegremente. Más bien al contrario, se trata quizá de otra clase de verdad, moldeada culturalmente y a menudo contra nosotros mismos. Comprender cómo se construye esa ilusión es hoy una cuestión fundamental y urgente, no solo por razones estéticas, sino también políticas.
Históricamente, la izquierda ha operado persiguiendo la verdad, buscando los datos, los argumentos racionales y las denuncias precisas y ha tenido enormes dificultades para habitar el terreno de la ilusión y el deseo. Su apego al rigor analítico ha provocado que, en muchos casos, la ilusión de la cultura dominante, así como las repercusiones que esta tiene en la construcción social de la realidad y del deseo, hayan quedado en manos de una derecha reaccionaria. Esta sí ha entendido, durante muchos años y todavía hoy, como queda patente en la constante performatividad de los fascismos contemporáneos, que el poder no se conquista mediante la verdad, sino mediante la fabricación de ilusiones eficaces, afectos movilizadores y escenografías seductoras. Mientras los relatos de emancipación de gran parte de la izquierda han sido grises, ascéticos y culpabilizantes, han sido vencidos por las promesas coloristas, simples y emocionantes de la ilusión reaccionaria.
No se trata de abandonar la verdad, sino de comprender que de nada sirve sin la ilusión. Este es el motivo por el que hoy resulta imprescindible profundizar en la comprensión de sus modos de producción.
Las instituciones artísticas han actuado durante siglos como espacios en los que se suspende la exigencia de lo verdadero, donde se acepta que lo que ahí ocurre no debe rendir cuentas a los hechos, sino a la experiencia. Y, sin embargo, es precisamente esta suspensión la que ha permitido que sus imágenes y sus relatos penetren con mayor profundidad en nuestras tripas. Su mayor ilusión ha sido la de llevarnos a creer que ahí no nos jugamos nada, pero es cuando se abre el telón, cuando entramos en el museo, cuando navegamos por las historias de una red social que todo está en juego.
De todo ello se desprende la tesis en la que se basa la exposición El asalto de la ilusión: la ilusión no es lo contrario de la verdad, sino el medio a través del cual esta se vuelve deseable. Frente a esto, a pesar de que estemos habitando en un mundo obsesionado por la verdad, la posverdad y sus límites, deberíamos convencernos de lo siguiente: de lo que se trata no es de erradicar la ilusión ni tampoco de volver a una supuesta verdad esencial, sea lo que fuera eso en el pasado. De lo que se trata es de comprender las lógicas de la ilusión, sus entrañas técnicas, y de intervenir activamente en sus modos de producción. Se trata de disputar quién tiene el derecho y los medios para fabricar las ilusiones que hasta ahora han regido el mundo y que, lo queramos o no, seguirán rigiéndolo.
El deseo, aunque se exprese en cuerpos individuales, se construye en entornos y contextos colectivos; se edifica mediante la ilusión a la que la cultura y nuestros medios de representación nos someten socialmente. Por este motivo, debemos imaginar la emancipación en relación con los modos en que leemos nuestra cultura. Mientras sigamos relacionándonos con la producción cultural como algo que se nos ofrece y no como algo que componemos activamente con nuestra atención, con nuestro deseo, con nuestras interpretaciones, seguiremos a expensas de las lógicas de poder que han imperado hasta ahora. Democratizar la ilusión no significa únicamente implementar mejoras en el acceso a los medios de representación y en su diversidad. Implica, ante todo, actualizar nuestro lugar como espectadores. Implica repensar qué significa tener agencia, cuál es nuestro poder de lectura, nuestro derecho a sospechar, a reinterpretar y rehacer cada ilusión a la que nos han sometido.
Por supuesto, no podrá darse ninguna emancipación del deseo sin una pedagogía estética y técnica previa. Es necesario que comprendamos, como sociedad, cómo se construyen las formas culturales, cómo operan sus trucos, sus gramáticas y sus técnicas retóricas. Es preciso saber leer qué mecanismos logran captar la atención, producir afecto y generar reconocimiento. Esta dimensión ha sido históricamente monopolizada por las clases dominantes, que han contado no solo con los medios materiales para fabricar ilusión, sino también con el conocimiento técnico para modularla. Nos han hecho sentir, nos han hecho desear, mediante procedimientos precisos que, mientras los hemos ignorado, nos han subyugado.
No olvidemos que, a pesar de todo, esa larga subordinación es lo que abre el espacio de autonomía. Es solo habitando la ilusión construida por otros a lo largo del tiempo por lo que hemos podido aprender sus códigos y comprender las gramáticas de la ilusión. La buena noticia, en palabras de Foucault (2019), es que «ahí donde hay poder, hay resistencia». La emancipación solo se logrará desde este lugar: no hay que rechazar la ilusión, sino reapropiarse de su arquitectura. No hay que destruir la técnica, sino decidir sobre ella. La alta tecnología, por naturaleza, por los recursos que exige su producción, seguirá siempre fuera de nuestro alcance, pero eso no debe ser un impedimento, porque la técnica admite desvíos: permite abandonar el fetichismo de la sofisticación, de la última invención, del último aparato, y que nos reapropiemos de una tecnología situada, accesible, colectiva, de bajo coste y alto potencial político. La ilusión habita también en el montaje manual, en la fotocopia, en el sonido mal grabado, en el archivo rescatado y en el proyector antiguo. Hay que aspirar a la producción de una ilusión que no se apoye en el deslumbramiento técnico, sino en su capacidad para introducir deliberación y reparto de agencia a lo largo de su proceso de producción.
Puesto que la ilusión está inscrita en nuestros cuerpos y forma parte de nuestra gramática, cualquier operación que trate de reconfigurarla, que intente entrar en sus mecanismos, requerirá la osadía de enfrentarnos a nuestros propios deseos y desmenuzarlos. «Autodescifrarse en la desconfianza hacia sí mismo y el mundo: esto, y solo esto, podrá darnos acceso a la verdadera vida» (Foucault, 2014). Esa es la revolución cultural que debemos provocar: ya no solo la que cambia los contenidos, sino la que modifica nuestra forma de estar frente a ellos, con las técnicas que tengamos a mano y con la convicción de que ninguna máquina es inocente, de que todas empezaron su andadura del lado del poder, pero que, a la vez, todas tienen en su propia configuración la capacidad de ser saboteadas.
En un mundo que poco a poco va evidenciando que cualquier base sólida en la que asentar la realidad se resquebraja, y que todo nuestro entorno ha sido construido por el efecto de una poderosa ilusión, no debemos esperar ninguna redención. No debemos anhelar una verdad definitiva que venga al rescate, más allá de la verdad de que no hay ninguna verdad a la que aferrarse. La emancipación pasa por abrir un camino deliberativo, abierto, imperfecto, en el que ensayar colectivamente a desear de otra manera. Si durante siglos el poder se ha ejercido no solo con leyes o armas, sino también moldeando lo que queremos, dónde nos situamos y qué es eso a lo que llamamos realidad, entonces la verdadera lucha política no es solo por el reparto de la riqueza, sino por el reparto de la ilusión. Emanciparnos significa dejar de consumir ilusiones ajenas para empezar a fabricar las nuestras, con nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras máquinas, nuestros errores. Es preciso organizarse para provocar nuevas ilusiones que reencanten el mundo y romper los hechizos desde el interior.
La ilusión no debe ser eliminada, sino devuelta al campo de lo común, allí donde podamos decidir conjuntamente qué merece ser soñado y cómo lo soñamos, donde podamos decidir conjuntamente qué es eso a lo que llamamos realidad, donde podamos decidir conjuntamente cuál es nuestro lugar simbólico en el mundo. La técnica, el arte, la estética, la ilusión: todo lo que estas páginas han presentado como espectáculo o manipulación puede volver a ser territorio de encuentro. No debemos protegernos de la ilusión sino reapropiárnosla, porque es nuestra fuerza vital compartida. Porque, tras muchos siglos de subyugación ante sus efectos, hemos comprendido que la ilusión no es solo lo que nos engaña. También es lo que nos moviliza.
Referencias
FOUCAULT, Michel (2019). Historia de la sexualidad 1: la voluntad de saber. Madrid: Siglo XXI.
FOUCAULT, Michel (2014). El coraje de la verdad. Madrid; Akal.
Cita recomendada: PUIG PUNYET, Enric. La urgencia política de retomar la ilusión Mosaic [en línea], junio 2026, no. 208. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/m.n208.2606



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