Universitat Oberta de Catalunya

Entrevista a Ingrid Guardiola (esp)

Hoy entrevistamos a la profesora, programadora audiovisual, directora y ensayista Ingrid Guardiola, que el pasado mes de noviembre participó en el ciclo «Ciència, Art i Tecnologia».

Asegura que la tecnología tiene una relación intrínseca con el conflicto. ¿Por qué?

La tecnología es positivamente conflictiva, es decir, dialógica, nos obliga a pensar cómo es, para qué sirve, para qué no sirve, cuáles son sus límites y sus posibilidades. Como elemento artificial, dependerá de la estructura y la proyección que le quieran dar sus creadores y creadoras. El otro elemento (negativamente) conflictivo es el que tiene que ver con la socialización de la tecnología, con los sesgos de clase, género y raza que subyacen en ella, tanto en cuestiones tecnológicas (quién programa las interfaces y cómo), como aquellas que tienen relación con la experiencia del usuario (quién puede acceder a esta tecnología y cómo), como en la organización de los discursos (a qué contenidos puedo acceder y qué conocimiento se deriva del uso que hago de esta tecnología). Si no se tiene en cuenta nada de esto, la tecnología se convierte (negativamente) en conflictiva porque quiere decir que nos encomendamos a la máquina de forma irracional sin saber qué estamos haciendo, delegando a las máquinas temas que deberían resolver los mismos individuos (decisiones informativas y editoriales, judiciales, sanitarias, financieras, laborales…).

¿Cuáles son las consecuencias de esta relación?

Alfred Gell escribía en los años ochenta que la tecnología guarda una estrecha relación con la magia y, por lo tanto, también con el juego y la innovación, una innovación que sea receptiva a las necesidades sociales y formales cambiantes. El problema surge cuando la tecnología se ha hecho autónoma y crea necesidades por sí misma. También cuando la tecnología es indistinguible de la magia y se convierte en un objeto tan poderoso que no es pensable, que es impensable. Entonces podemos decir que la tecnología ha perdido de vista su componente dialógico con el mundo y la reflexión sobre sus límites y posibilidades reales.

Internet es un medio de propagación más que de comunicación. ¿Qué quiere decir con esto?

Digo que es un medio de propagación porque el internet más popular es el internet social, el que se rige por una arquitectura algorítmica basada en proporcionar aquello que es reactivamente masivo (lo que tiene más visitas, likes, comentarios) o los discursos polarizados que atraen a grandes masas de usuarios (las nuevas audiencias), que es la antítesis del diálogo y de la comunicación. Hay una gran cantidad de ruido que impide que la comunicación se pueda cumplir satisfactoriamente. La naturaleza abierta de la mayoría de las cuentas hace que la comunicación interpersonal devenga grupal y a trompicones, el filtro burbuja te aleja de las voces que disienten de la tuya, el posicionamiento económico de la información te da a ver el contenido promocional antes que tus redes afectivas y este volumen descontrolado de la comunidad hace que los temas de la conversación pública vengan muy determinados. La agenda setting de los mass media es trasladada a estos espacios y su efecto limitador es incluso mayor.

Portada del último libro de Ingrid Guardiola.

En su último libro habla de la manera excesiva con la cual nos relacionamos por medio de la tecnología y las redes sociales. ¿No nos sabemos comunicar de otra forma?

En el libro Irresistible (2017), Adam Alter explica por qué las redes sociales crean tanta adicción, y uno de los motivos que da es el alto protagonismo que tiene la incertidumbre de la respuesta que provocarán las informaciones que dejamos, y cómo la respuesta de los otros nos supone gratificación. Como las redes sociales se basan en el mecanismo de la gratificación, la recompensa emocional que genera el reconocimiento en forma de likes, comentarios, retuits…, validamos la información en función de este reconocimiento que vive de la cuantificación. Cuanto más reconocimiento, más valor le damos a lo que hemos dicho o enseñado. Y como delante de tantos likes y reacciones digitales de los otros, nuestro cerebro segrega dopamina y se activan zonas que regulan el placer, entonces no es extraño que esta tecnología se convierta en algo muy adictivo. De hecho, en un experimento académico del año 2014, cinco neurocientíficos concluyeron que Facebook activaba la misma parte del cerebro que la ludopatía o la adicción a las drogas. La verdad, pues, ya no tiene relación con los hechos o con el discurso, sino con la reactividad con los otros; una reactividad que no es neutra, sino que dialoga con los temas recurrentes (how to…), los trending topics, la polémica o lo que difunden los líderes de opinión. Y de aquí sacamos lo que tiene valor.

Sí que sabemos comunicarnos de otras formas, pero no es fácil dejar de ser un yonqui emocional, todo el mundo quiere gustar, ser reconocido, ocupar un buen lugar en la esfera social. Cuanta más información colgamos, más buenos clientes somos para el aplicativo, más reacciones generamos y mejor posicionados acabaremos. Para algunos, este circuito emocional es terapéutico, para muchos otros es un simple cebo temporal (invertimos muchas horas y compartimos muchos signos); para algunos una pesadilla que les provoca ansiedad, falta de autoestima, insomnio o depresión.

¿Han cambiado nuestras relaciones a partir de esta manera de comunicarnos? ¿En qué sentido?

Los hábitos comunicativos y las convenciones sociales (esto incluye las convenciones del propio medio) son muy difíciles de romper. A esto debemos sumarle el hecho de que las redes sociales son espacio de experimentos de conductismo social permanente, es decir, no solo espacio para compartir información u opiniones, sino también para modelizar estas opiniones. La especificidad de su arquitectura algorítmica, como ya nos alertó Shoshana Zuboff en los ochenta, es que no solo permite automatizar tareas (como ya hizo Ford con el sistema de producción en cadena), sino que cada proceso de automatización genera información, y esta información es usada para predecir los comportamientos de los usuarios y alterarlos en un sentido u otro. El escándalo de Cambridge Analytica es solo la punta del iceberg de un largo historial de malas praxis de estas empresas que tienen el monopolio en la gestión de la conversación pública. Aparte de estas cuestiones de naturaleza informático-política, habría las consideraciones que tienen relación con la especificidad del medio: su naturaleza fundamentalmente iconográfica y su incidencia en motivos visuales como los GIF, los emoticonos que aumentan las emociones o los memes que inciden en el humor. Esto también cambia las formas que tenemos de relacionarnos. Se ve muy claro con la aplicación Tik Tok, donde es muy fácil reeditar los contenidos de los otros, estableciendo unas cadenas comunicativas entre gente no afín donde lo que se comparte es el motivo visual, pero nada de biográfico o ningún elemento distintivo de la personalidad, el pensamiento o el campo social de aquella persona.

El pasado mes de noviembre participó en el ciclo «Ciència, Art i Tecnologia» donde habló de capitalismo de plataforma. ¿A qué se refiere con este concepto?

Este concepto lo definió el escritor y profesor Nick Srnicek en un libro que publicó en 2016 y que aquí llegó traducido el 2018 por Caja Negra: Capitalismo de plataformas. Lo que nos viene a decir es que toda esta información se comparte en plataformas digitales globales que funcionan como infraestructuras de extracción de datos en lo que podemos llamar «capitalismo de plataformas», es decir, empresas que se basan en la compra y venta de datos como una manera de asegurarse el crecimiento económico. Las empresas ya no son propietarias de los medios de producción, sino de la información como recurso. Estas empresas se basan en plantillas no muy grandes con trabajadores atomizados, puntuados y que operan a través de plataformas ligeras online. Hablamos de Google, Facebook, Amazon, Uber, Tinder, Airbnb… Estas empresas basan su crecimiento en el «efecto red», cuanto más numerosos sean los usuarios que usan una plataforma, más valiosa es esta plataforma. Por lo tanto, toda la política de empresa irá orientada a hacer que los usuarios se queden en el aplicativo. La gratificación, tanto la positiva como la negativa, es un cebo para no querer salir de allí, pero también el sofisticado sistema de categorización y puntuación, herramientas imprescindibles para incidir en el ansia de superación personal de la gente. Si no cuantifico mi experiencia, no sabré cómo superarla.

¿De qué manera podemos utilizar una tecnología en nuestro beneficio?

Usándola a conciencia. Si empezamos a usarla a conciencia nos aburriremos pronto, porque reduciremos nuestras interacciones, y estas acabarán teniendo poca visibilidad (seremos un usuario poco rentable para la empresa o un usuario voyeur), y porque nos habremos perdido todos los hypes que genera la propia aplicación, una comunicación de temporalidades muy breves y de naturaleza endogámica, interna al medio, con poca relación con el exterior. También puede ser bueno intentar evitar colgar información privada (así no nos sentiremos tan esposados, tan vulnerables), cultivar un equilibrio sano entre el mundo online y offline, y estar muy bien informados a través de medios especializados e independientes.

Participación de Ingrid Guardiola en el ciclo «Ciència, art i tecnologia».

¿Estamos permanentemente vigilados?

Sí. Esto lo explican muy bien Shoshana Zuboff en su libro Surveillance Capitalism (Capitalismo de vigilancia, 2019) y Marta Peirano en el libro El enemigo conoce el sistema (2019). Pero más allá de sus relatos, muy centrados en Internet, hay toda una historia muy rica de la relación entre la tecnología y la vigilancia, que autores como Michael Foucault o Harun Farocki han trabajado mucho. Con la datificación (Meyer-Schönberger y Cukier, 2013) de la información, la transición hacia la Internet de la Cosas (muchos objetos conectados a través de sensores de la red) y el auge del tándem reconocimiento facial-inteligencia artificial basado en el machine learning, la vigilancia ha acabado siendo el oxígeno de un mundo neoliberalizado. Sin vigilancia no hay capitalismo neoliberal posible. Y quien dice vigilar, dice seguir la siguiente cadena de producción: registrar, clasificar, interpretar, predecir. No hablamos solo del aspecto punitivo de la vigilancia, sino también del económico.

¿Y es bueno que nos sintamos vigilados?

Reconocer aquello que limita y coacciona tu libertad siempre es bueno, es la única manera de oponerle cierta resistencia, siempre y cuando no caigas en la paranoia. La vigilancia forma parte de la historia del poder, y los Estados nación no son una excepción. Lo que pasa es que, históricamente, se hace pasar por «derechos» lo que puede convertirse en una herramienta de vigilancia; por ejemplo, el carné de identidad. ¿Qué diferencia hay entre un retrato prontuario y un retrato para identificarte socialmente? Las formas y la consideración social que se puedan hacer, pero en ambos casos se puede usar para el control y la penalización. Solo hace falta hablar con alguien que no tenga papeles o que haya tenido que desplazarse de su lugar de origen para ver las consecuencias de la violencia, el racismo, el machismo y el clasismo institucional.

¿Hemos aceptado cosas que no son morales porque nos hemos acostumbrado a ellas?

La costumbre es un arma de supervivencia. El preso se acostumbra a la cárcel, la mujer agredida se acostumbra a su agresor, el televidente se acostumbra al apocalipsis cuotidiano, el trabajador oprimido se acostumbra a la opresión, el ciudadano endeudado se acostumbra a la progresiva pérdida de autonomía… Pero en la mayoría de casos es a costa de perder el control de nuestra vida, de perder nuestra vida. Nos acostumbramos hasta que decimos: ¡basta! A nivel de educación, no nos enseñan lo que implica la cohabitación con los otros. A todas las edades nos enseñan liderazgo, emprendeduría, creatividad, mindfulness y coaching, como si viviésemos en un entorno limitadamente gregario, en una serie light-food de Netflix, pero vivimos en un mundo que ha estado globalizado desde una lógica contable, que no sabe nada de la moral.


Cita recomendada: MOSAIC. Entrevista con Ingrid Guardiola. Mosaic [en línea], mayo 2020, no. 182. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/m.n182.2020

Ingrid Guardiola

Ingrid Guardiola es profesora, programadora audiovisual, directora y ensayista. Actualmente es comisaria del proyecto «Soy Cámara», un laboratorio de nuevos formatos audiovisuales producido por el CCCB, y forma parte del comité de programación de la Muestra de Televisión de Calidad de Barcelona (MINIPUT), que dirigió entre 2002 y 2008.

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