Universitat Oberta de Catalunya

Cultura sin gente

El pasado 17 de junio, en Évian-les-Bains, una docena de directivos tecnológicos se sentó a comer con los líderes del G7. Sam Altman (OpenAI), Dario Amodei (Anthropic), Demis Hassabis (Google DeepMind) y Arthur Mensch (Mistral), entre otros, discutieron con jefes de Estado sobre seguridad, energía, infraestructura y regulación de la inteligencia artificial (Nicol-Schwarz, 2026). Conviene precisar lo que las fotografías no muestran: la mayoría no son solo directivos, sino fundadores y propietarios de empresas que, en gran parte, no cotizan en bolsa. Nadie los ha elegido; no responden ante parlamentos y, algunos, apenas ante sus propios consejos de administración. La prensa estadounidense describió la escena sin rodeos: los jefes de la inteligencia artificial, tratados como jefes de Estado (Allen, 2026).

G7 working dinner
Figura 1. Gobierno de Japón (2023). G7 working dinner [fotografía]. Font: Wikimedia Commons

Lo inquietante no es la reunión. Si una tecnología condiciona la seguridad y la energía de medio planeta, parece razonable que quienes la construyen estén en la sala. Lo inquietante es que esa imagen, la del poder visible, con banderas y mantel largo, nos distrae de otra concentración de poder más silenciosa, que no ocurre en Évian, sino en nuestros teclados: por primera vez, una parte sustancial de la cultura ha empezado a producirse sin personas.

Los datos permiten dimensionarlo bien. En enero de 2025, se subían a Deezer unas 10.000 canciones diarias generadas íntegramente con inteligencia artificial, un 10 % del total; en junio de 2026, la cifra superó las 90.000, más de la mitad de toda la nueva música que entra cada día en la plataforma (Infobae, 2026). Paralelamente, un análisis de la firma Graphite sobre 65.000 artículos publicados en la web anglófona entre 2020 y 2025 concluye que más de la mitad del texto nuevo ya se genera con estas herramientas (Sonny, 2025). Texto sin autores, imágenes sin fotógrafos, música sin músicos, voces sin nadie detrás. En 1935, Walter Benjamin advirtió que la reproducción técnica transformaba el estatuto de la obra al separarla de su origen y de su aura (Benjamin, 2003); noventa años después, hemos dado un paso que él no llegó a formular: de reproducir obras sin aura a producir obras sin autor.

1973 Moog modular synthesizer
Figura 2. Szász, A. (2015). 1973 Moog modular synthesizer [fotografía]. Font: Wikimedia Commons

Pero el blanco nunca lo es del todo sobre el negro, porque los mismos datos dicen otras cosas. Esa marea sintética apenas representa un 3 % del tiempo de escucha en Deezer y la propia plataforma estima que la gran mayoría se sube con fines de fraude de regalías, hasta el punto de haber empezado a retirarla y desmonetizarla (González, 2026). Por su parte, los artículos generados con IA posicionan peor en buscadores que los escritos por personas (Sonny, 2025). Casi nadie los quiere y, sin embargo, ahí están, ocupando espacio. El caso más citado es el de The Velvet Sundown, una banda que superó el millón de oyentes mensuales en Spotify antes de reconocerse que no existía: ni músicos ni instrumentos, nadie (Gonzales, 2026). Lo relevante no es el engaño; es lo poco que costó no notarlo.

La cultura humana no ha muerto ni va a morir mañana. Pero algo se está moviendo de sitio, y ese algo no es la calidad: es la práctica. John Dewey (1934) sostuvo que la experiencia estética no reside en el objeto terminado, sino en el proceso de hacer y padecer que lo produce; la obra es el residuo visible de una experiencia que transforma a quien la atraviesa. Solemos discutir la cultura generativa con dos preguntas: si es buena (la estética) y quién cobra (la laboral). Ambas importan, pero desde Dewey se abre una tercera que casi nunca aparece: ¿Qué le pasa a una sociedad que sigue consumiendo cultura mientras pierde el hábito de hacerla?

La psicología cognitiva ofrece una primera respuesta. Desde finales de los años setenta, sabemos que recordamos y comprendemos mejor aquello que generamos nosotros mismos que aquello que simplemente recibimos: es el llamado efecto de generación, documentado por Slamecka y Graf (1978) en una serie de experimentos ya clásicos. En el gimnasio, existe un concepto análogo: el tiempo bajo tensión, aplicado a cuando el músculo no crece por levantar un gran peso una sola vez, sino por sostener el esfuerzo el tiempo suficiente; ver vídeos de gente entrenando no pone fuerte a nadie. Escribir funciona igual, porque escribir no es transcribir ideas ya terminadas: escribir es pensar y corregir es pensar. Richard Sennett (2008) lo formuló para el conjunto de los oficios: hacer es una forma de pensamiento, un diálogo lento entre la mano y la cabeza en el que el problema solo se comprende trabajándolo. Los primeros estudios sobre escritura asistida apuntan al coste de saltarse ese diálogo. Un experimento del MIT Media Lab midió con electroencefalografía la actividad cerebral de personas que redactaban ensayos con y sin ChatGPT, y encontró menor conectividad neuronal y peor memoria de lo escrito entre quienes usaban el asistente, un fenómeno que sus autores denominan «deuda cognitiva» (Kosmyna et al., 2025). Es un resultado preliminar que conviene no sacralizar, pero converge con casi medio siglo de evidencia sobre el efecto de generación en una intuición sencilla: lo que no te cuesta, no te cambia.

Karyn Marshall lifting barbells, 1987 weightlifting championship, Daytona Beach
Figura 3. Tehan, V. (1987). Karyn Marshall lifting barbells, 1987 weightlifting championship, Daytona Beach [fotografía]. Font: Wikimedia Commons

Ese coste no es solo individual. Nunca habíamos tenido tantas maneras de estar conectados y, al mismo tiempo, muchas de nuestras experiencias, aunque no lo parezca, siguen siendo radicalmente individuales: leemos cientos de opiniones, formamos parte de comunidades, comentamos, reaccionamos y la experiencia sigue siendo nuestra y de nuestra pantalla. Cuando todo depende solo de uno mismo y de su máquina, todo parece más sencillo: no hay que negociar, ni esperar, ni ceder, ni convivir con la complejidad de los demás. La sociología lleva más de un siglo advirtiendo del espejismo. Cooley (1902) describió el yo como un «yo espejo» que solo llega a conocerse en el reflejo que le devuelven los otros, y la psicología del consumo ha documentado hasta la versión doméstica del fenómeno: valoramos más aquello que nos ha costado montar con las manos, aunque la estantería quede torcida, el llamado efecto IKEA. Construir con otros no es solo una manera de hacer cosas; es una de las pocas maneras fiables de saber quiénes somos.

Quizá no solo estamos perdiendo experiencias colectivas: estamos perdiendo la práctica del arte de crearlas. No hablo de participar en ellas ni de consumirlas, sino de construirlas; la diferencia importa. Hace ya un cuarto de siglo, Robert Putnam (2000) documentó el declive sostenido de las formas de hacer juntos: asociaciones, coros, ligas de barrio, voluntariado, y su correlación con la erosión del capital social y de la confianza democrática. La cultura generativa no inaugura esa curva: llega como su acelerador perfecto, la tecnología que convierte en opcional el último motivo que nos quedaba para coordinar agendas con otros seres humanos. Un coro, un fanzine, una fiesta mayor o una Wikipedia exigen negociar, sostener desacuerdos, llegar tarde y volver a empezar. Ese es el músculo. Y es exactamente el mismo músculo que usa la democracia.

Human Towers – Castellers
Figura 4. McBey, M. (2018). Human Towers – Castellers [fotografía]. Font: Wikimedia Commons

Figura 4. McBey, M. (2018). Human Towers – Castellers [fotografía]

Fuente: Wikimedia Commons

Hay, por último, una inversión material que devuelve el argumento a Évian. Los medios de producción de la cultura humana siempre fueron escandalosamente baratos y estaban repartidos por todas partes: un lápiz, una guitarra de segunda mano, una fotocopiadora, la cámara de cualquier teléfono. Nadie puede apagar un lápiz a distancia. La cultura generada invierte esa lógica: como ha documentado Kate Crawford (2021), producirla exige una infraestructura planetaria de centros de datos, chips, minerales y energía concentrada en muy pocas manos, precisamente las manos que este junio compartían mantel con el G7. Cada imagen que generamos, en lugar de dibujarla, es un gesto minúsculo, pero todos apuntan en la misma dirección: trasladar la capacidad de hacer cultura desde millones de manos hacia unas pocas infraestructuras. No hace falta ninguna conspiración; basta con la comodidad.

Visto así, el control cambia de naturaleza. El del siglo XX necesitaba quitarte la palabra; el del siglo XXI no te la quita: se ofrece a ahorrarte el esfuerzo de buscarla. Ray Bradbury lo intuyó en 1953: en Fahrenheit 451 los bomberos llegan tarde, porque la gente había dejado de leer mucho antes de que nadie quemara nada. Las respuestas oficiales a la concentración, las cumbres, los códigos éticos, las marcas de agua, las licencias, son necesarias, pero pertenecen todas a lo que el pensador Báyò Akómoláfé (2022) llama «puertas»: dispositivos previstos por el edificio, que permiten moverse sin que el marco pierda su lógica; lo que no se comporta según el plano son las «\grietas\». La grieta que tenemos a mano es tercamente artesanal, y sospecho que por eso la subestimamos: seguir haciendo cosas con otras personas, probablemente mal y despacio, escribir con amigos, tocar en bandas mediocres, cocinar para demasiada gente, editar Wikipedia, no como nostalgia, sino como entrenamiento. Una sociedad que practica construir cosas pequeñas en común conserva el músculo para construir las grandes, incluidas las reglas de su tecnología. La pregunta del siglo no será qué pueden hacer las máquinas, sino qué queremos seguir haciendo nosotros, aunque una máquina pueda hacerlo más rápido. Mi respuesta provisional es: todo aquello que nos transforma mientras lo hacemos.

Referencias

AKÓMOLÁFÉ, Báyò (2022). «On Doors and \Cracks\». Báyò Akómoláfé [en línea]. Disponible en: https://www.bayoakomolafe.net/

ALLEN, Mike (2026, 20 de junio). «New global order: AI CEOs as heads of nation-states». AXIOS [en línea]. Disponible en: https://www.axios.com/2026/06/20/ai-tech-moguls-g7

BENJAMIN, Walter (2003 [1935]). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Ciudad de México: Editorial Ítaca.

BRADBURY, Ray (1953). Fahrenheit 451. Nueva York: Ballantine Books.

COOLEY, Charles Horton (1902). Human Nature and the Social Order. Nueva York: Scribner’s.

CRAWFORD, Kate (2021). Atlas of AI: Power, Politics, and the Planetary Costs of Artificial Intelligence. New Haven: Yale University Press. [Trad. cast.: Atlas de IA, Ned Ediciones, 2022]. DOI: https://doi.org/10.12987/9780300252392

DEWEY, John (1934). Art as Experience. Nueva York: Minton, Balch & Co. [Trad. cast.: El arte como experiencia, Paidós, 2008].

GONZALES, Renzo (2026, 22 de julio). «Deezer ya registra más de 90.000 nuevas canciones creadas por IA cada mes». Infobae [en línea]. Disponible en: https://www.infobae.com/tecno/2026/07/22/deezer-ya-registra-mas-de-90000-nuevas-canciones-creadas-por-ia-cada-mes/

GONZÁLEZ, Fran (2026, 22 de julio). «La música generada por IA ya supera el 50 % de las subidas diarias en Deezer». Dod Magazine [en línea]. Disponible en: https://www.dodmagazine.es/la-musica-generada-por-ia-ya-supera-el-50-de-las-subidas-diarias-en-deezer/

KOSMYNA, Nataliya; HAUPTMANN, Eugene; TONG YUAN, Ye; SITU, Jessica (2025). «Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task». MIT Media Lab [preprint].

NEWSROOM INFOBAE (2026, 21 de julio). «La música generada con IA supera ya el 50 % de las nuevas subidas diarias a Deezer». Infobae [en línea]. Disponible en: https://www.infobae.com/america/agencias/2026/07/21/la-musica-generada-con-ia-supera-ya-el-50-de-las-nuevas-subidas-diarias-a-deezer/

NICOL-SCHWARZ, Kai (2026, 17 de junio). «‘A signal of where power sits’: Trump and world leaders joined by OpenAI, Anthropic, Google at G7». CNBC [en línea]. Disponible en: https://www.cnbc.com/2026/06/17/g7-trump-ai-tech-leaders-openai-anthropic-google.html

NORTON, Michael I.; MOCHON, Daniel; ARIELY, Dan (2012). «The IKEA effect: When labor leads to love». Journal of Consumer Psychology, vol. 22, n.º 3, págs. 453-460. DOI: https://doi.org/10.1016/j.jcps.2011.08.002

PUTNAM, Robert D. (2000). Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. Nueva York: Simon & Schuster. [Trad. cast.: Solo en la bolera, Galaxia Gutenberg, 2002].

SENNETT, Richard (2008). The Craftsman. New Haven: Yale University Press. [Trad. cast.: El artesano, Anagrama, 2009].

SLAMECKA, Norman J.; GRAF, Peter (1978). «The generation effect: Delineation of a phenomenon». Journal of Experimental Psychology: Human Learning and Memory, vol. 4, n.º 6, págs. 592-604. DOI: https://doi.org/10.1037/0278-7393.4.6.592

SONNY, Alan (2025). «¿Ya hay más IA que humanos escribiendo en la web? Qué dice el nuevo estudio, por qué divide y cómo reconfigura el ecosistema de contenidos». Noticias.ai [en línea]. Disponible en: a href=»https://noticias.ai/ya-hay-mas-ia-que-humanos-escribiendo-en-la-web-que-dice-el-nuevo-estudio-por-que-divide-y-como-reconfigura-el-ecosistema-de-contenidos/» target=»blank» rel=»noopener noreferrer»>https://noticias.ai/ya-hay-mas-ia-que-humanos-escribiendo-en-la-web-que-dice-el-nuevo-estudio-por-que-divide-y-como-reconfigura-el-ecosistema-de-contenidos/


Cita recomendada: GARCIA, Pau. Cultura sin gente Mosaic [en línea], septiembre 2026, no. 209. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/m.n204.2508

Acerca del autor

Pau Aleikum

Pau Garcia (Pau Aleikum) es investigador, diseñador y fundador de Domestic Data Streamers, un estudio interdisciplinar de Barcelona dedicado a explorar las relaciones entre datos, tecnología, memoria y cambio social. Su práctica combina investigación, diseño y creación cultural para estudiar cómo los datos pueden convertirse en relatos, experiencias y espacios de debate público. Ha desarrollado proyectos en más de cincuenta países junto a entidades como Naciones Unidas, Hong Kong Design Institute, Tate Modern y el Museum of Modern Art de Nueva York, que en 2026 incorporó nueve de sus obras a su colección permanente. En el ámbito académico, codirige el máster en Data and Design de ELISAVA y es profesor invitado en la School of Visual Arts de Nueva York. Su trabajo se centra en los aspectos sociales, éticos y emocionales de la información, con especial atención a la memoria colectiva y a las formas en las que la tecnología influye en nuestra comprensión del pasado y del presente.

Deja un comentario