No empecé a desconfiar de la tecnología cuando aparecieron las plataformas, la vigilancia masiva o la inteligencia artificial. Mi sospecha viene de antes. Durante los años noventa, cuando Internet era presentada como una promesa de democratización global, me interesaba menos celebrar sus posibilidades que examinar sus condiciones. Más que averiguar qué podíamos hacer con la red, quería saber quién estaba definiendo sus lenguajes, sus accesos, sus exclusiones y sus formas de poder.
En aquel momento formulé una distinción que sigo considerando útil: la división entre inforricos e infopobres. A las viejas fracturas –Norte y Sur, Oriente y Occidente, centro y periferia, capitalismo y socialismo– se añadía una nueva frontera. No las sustituía. Se superponía a ellas. Las reorganizaba bajo otra gramática.
La sociedad de la información no abolía las desigualdades heredadas. Las traducía a otro lenguaje.
Ser inforrico va mucho más allá de disponer de más datos, mejores dispositivos o mayor velocidad de conexión: exige acceso efectivo a las tecnologías, comprensión de sus lenguajes, capacidad de interpretarlas, de utilizarlas en la vida cotidiana y de transformarlas en capacidad de acción. Supone una alfabetización digital ampliada: saber leer una interfaz, orientarse en un sistema de información, distinguir una herramienta de una dependencia, entender un protocolo, reconocer una forma de captura.
Ser infopobre, a su vez, excede la mera carencia de conexión técnica. En un mundo en el que amplias poblaciones siguen sin acceso garantizado a agua potable, electricidad, alimentación, vivienda o educación, la cuestión material del acceso sigue siendo decisiva. Sin infraestructuras básicas no hay ciudadanía digital posible. Pero la pobreza informacional no se reduce a la falta de dispositivos. También puede aparecer allí donde existen recursos económicos, equipamiento y conexión, pero no comprensión crítica, autonomía de uso ni capacidad para interpretar los nuevos lenguajes técnicos.
Ahí se produce una paradoja característica de nuestro tiempo: puede haber sujetos, instituciones o sectores con alto estatus económico que sean, en términos culturales y políticos, profundamente infopobres. Usan herramientas que no entienden. Dependen de sistemas que no pueden leer. Delegan decisiones en infraestructuras opacas. Confunden disponibilidad técnica con capacidad real de intervención.
Por eso la división entre inforricos e infopobres no coincide exactamente con la división entre ricos y pobres en sentido económico, aunque se cruce con ella de manera brutal. Nombra una capa nueva de desigualdad: acceso, conocimiento, lenguaje, interpretación, control y soberanía técnica.
Los años noventa tuvieron algo de ingenuidad. Se hablaba de comunidades distribuidas, inteligencia colectiva, software libre, código abierto, licencias alternativas, cultura hacker, cooperación entre pares y reapropiación social de las herramientas. Había una confianza, a veces excesiva, en que la arquitectura técnica podía producir por sí misma nuevas formas de libertad. Como si abrir el código, compartir archivos o descentralizar canales bastara para alterar las estructuras profundas del poder.
Pero esa ingenuidad no debe ser despreciada demasiado pronto. En aquel momento también existía una disputa real por los lenguajes, los protocolos y las formas de propiedad. El software libre y el código abierto no eran solo modelos técnicos; eran imaginarios políticos. Las licencias alternativas no eran simples formularios jurídicos; eran intentos de cuestionar la privatización del conocimiento. Aquella cultura digital dejó abierto un interrogante que hoy sigue siendo urgente: ¿quién controla el código?
Esa escena, por supuesto, no era inocente. La red de los noventa tampoco fue un territorio puro de emancipación. Estaba marcada por la hegemonía estadounidense, el dominio del inglés, la desigualdad de acceso, la masculinización de los entornos técnicos, las jerarquías de conocimiento y las dependencias militares, académicas y corporativas. El ASCII, los lenguajes de programación, los estándares, los foros, los primeros buscadores y buena parte de la cultura digital emergente reproducían una geografía del poder. Quien no entraba en inglés entraba tarde, mal o traducido. Quien no conocía los códigos técnicos quedaba en una posición subordinada.
En ese sentido, muchas cosas no han cambiado tanto. La sociedad digital nunca fue verdaderamente universal. Siempre tuvo centro y periferia. Siempre tuvo lenguas dominantes y lenguas traducidas. Siempre tuvo sujetos autorizados para programar el mundo y sujetos destinados a usarlo.
Lo que sí ha cambiado es la escala de la concentración y la naturaleza de la dependencia. Una parte del espíritu experimental, comunitario y relativamente abierto de aquella cultura digital ha sido desplazada por ecosistemas cerrados, infraestructuras privativas y modelos de negocio basados en la captura masiva de datos. Disputar el código ya no basta. Hoy hay que saber quién controla los modelos, los datos, el cómputo, los chips, los centros de datos, la energía, las nubes, las lenguas de entrenamiento y los marcos regulatorios.
La inteligencia artificial expresa esta mutación con una claridad implacable. Gran parte de su desarrollo no se organiza desde comunidades distribuidas, sino desde un puñado de corporaciones capaces de concentrar capital, datos, talento técnico, patentes, servidores, alianzas geoestratégicas y capacidad computacional. La IA llega menos como herramienta cultural que como infraestructura de poder.
Su desarrollo depende de centros de datos, procesadores, minerales, cadenas logísticas, energía, agua, jurisdicciones favorables, mercados financieros y territorios de sacrificio. La inteligencia artificial no flota en la nube. Tiene suelo, cables, litio, cobre, tierras raras, refrigeración, fábricas, residuos, trabajo invisible y deuda energética. La abstracción tecnológica siempre descansa sobre una geografía material precisa.
Aquí la división entre inforricos e infopobres se endurece. Inforrico ya no es únicamente quien sabe usar herramientas digitales, sino quien puede entrenar modelos, comprar capacidad computacional, acceder a datasets masivos, imponer estándares, definir interfaces, cerrar ecosistemas y convertir sus infraestructuras en condiciones obligatorias para los demás. E infopobre es también quien depende de modelos que no puede auditar, de lenguas mal representadas, de archivos absorbidos sin negociación, de interfaces que simplifican el uso mientras ocultan las relaciones de poder que lo hacen posible.
La traducción automática puede crear la ilusión de que el problema lingüístico está resuelto. Pero traducir no equivale a redistribuir poder. Que una lengua pueda ser procesada por un sistema no significa que tenga el mismo peso en sus modelos de entrenamiento, ni que sus archivos hayan sido incorporados en igualdad de condiciones, ni que sus matices culturales, políticos e históricos sean reconocidos. El inglés sigue operando como lengua estructural de buena parte del régimen técnico contemporáneo: en la documentación, la programación, los datasets, la investigación, las interfaces y los centros de decisión.
La IA puede traducir una lengua mientras la subordina estadísticamente. Puede hacerla visible en la interfaz y marginal en el entrenamiento. Puede simular diversidad cultural mientras consolida una arquitectura epistémica profundamente asimétrica.
También ha cambiado la forma de la vigilancia. Ya no aparece solo como dispositivo represivo exterior. No necesita presentarse siempre como policía, censura o prohibición. Se ha convertido en una condición ambiental. Está incorporada a la comunicación, al trabajo, al ocio, al deseo, al aprendizaje, al consumo y a la sociabilidad. Participamos en sistemas que nos observan mientras los alimentamos.
Las plataformas hacen algo más que registrar lo que hacemos: organizan el campo de lo posible. Jerarquizan contenidos, inducen comportamientos, anticipan deseos, asignan relevancia, distribuyen visibilidad y convierten la interacción social en materia prima. No se limitan a mirarnos. Nos configuran.
Esto afecta directamente a la cultura contemporánea. Una imagen ya no circula sin más: es indexada, medida, clasificada, priorizada, degradada, monetizada o invisibilizada. Un texto, al publicarse, entra en sistemas de recomendación, moderación, extracción, entrenamiento y rentabilidad. Una conversación no termina cuando termina: puede convertirse en patrón, archivo, dato estadístico o recurso computacional.
Por eso la censura contemporánea no opera necesariamente prohibiendo. Muchas veces opera por saturación, desplazamiento, opacidad o por indiferencia algorítmica. No hace falta eliminar una voz si se la puede volver irrelevante. No hace falta destruir una imagen si puede ser enterrada bajo una avalancha de imágenes. No hace falta impedir una publicación si no aparece en las búsquedas, si no entra en los circuitos de recomendación, si no se ajusta a los formatos dominantes de visibilidad.
No hay mayor censura que aquella que no necesita declararse como tal.
La vigilancia, por tanto, es algo más que acumulación de datos: es una administración del imaginario. El poder contemporáneo no se limita a saber más sobre nosotros. Interviene en las condiciones bajo las cuales imaginamos, recordamos, deseamos y otorgamos valor. Define qué imágenes regresan, qué relatos circulan, qué lenguas se privilegian, qué memorias se vuelven accesibles, qué cuerpos son legibles y qué formas de vida quedan fuera de campo.
Mi mirada crítica ha cambiado en la medida en que ha cambiado el objeto. En los noventa, la disputa pasaba por el acceso, el código, la red, las licencias, la circulación y la apropiación. Hoy pasa por la infraestructura, los modelos, los archivos, la capacidad de cómputo, la soberanía de datos, la opacidad algorítmica, la materialidad energética y la concentración corporativa. Pero la sospecha de fondo permanece: la tecnología nunca es neutral. Nunca llega vacía. Nunca actúa fuera de las relaciones de poder.
Lo que permanece es la necesidad de no creer demasiado pronto en las promesas del presente. Toda promesa tecnológica debe leerse también como síntoma. Lo que promete liberar puede organizar nuevas dependencias. Lo que promete conectar puede intensificar la vigilancia. Lo que promete democratizar puede concentrar poder. Lo que promete creatividad infinita puede administrar los límites de lo imaginable.
El desafío actual no pasa por adaptarnos mejor a sistemas que no controlamos, ni por rechazar la tecnología como si la cultura pudiera existir fuera de sus técnicas, soportes e infraestructuras, sino por disputar las condiciones bajo las cuales esas tecnologías se desarrollan, se legitiman, se financian, se imponen y se naturalizan.
Museos, universidades, centros de arte, archivos y publicaciones no pueden limitarse a incorporar plataformas, datos o inteligencia artificial bajo la lógica de la actualización permanente. Importa poco parecer más innovadores; lo decisivo es bajo qué condiciones técnicas, políticas, lingüísticas, materiales y éticas se participa en esas infraestructuras. Una institución que adopta sistemas opacos sin discutirlos reproduce el mismo régimen que pretende analizar.
La cultura corre hoy el riesgo de quedar reducida a contenido: contenido para alimentar plataformas, contenido para entrenar modelos, contenido para sostener la atención, contenido para circular, etiquetarse, medirse y monetizarse. Cuando todo se convierte en contenido, se empobrece la dimensión conflictiva de la práctica cultural. La obra deja de ser un acontecimiento crítico para convertirse en unidad circulable. El archivo deja de ser un campo de disputa para convertirse en base de datos. La memoria deja de ser una construcción política para convertirse en recurso computacional.
El arte no tiene por qué competir con la industria en su propio terreno. No necesita producir más eficiencia, más espectáculo ni más innovación. Su potencia está en otra parte: generar fricción, hacer visibles las mediaciones, desnaturalizar interfaces, interrumpir narrativas de inevitabilidad y activar formas de lectura crítica. El arte puede operar como una contrainfraestructura simbólica: un lugar donde aquello que aparece como natural, inevitable o eficiente vuelve a ser discutible.
No necesitamos más fascinación tecnológica. No necesitamos más pedagogía de la adaptación. Necesitamos devolver cuerpo al dato, historia a la infraestructura y política a lo que se nos ofrece como simple eficiencia.
La diferencia entre inforricos e infopobres sigue siendo una de las grandes divisiones de nuestro tiempo. Pero hoy ya no separa únicamente a conectados y desconectados. Separa a quienes diseñan los sistemas de quienes son diseñados por ellos. A quienes clasifican de quienes son clasificados. A quienes entrenan los modelos de quienes son absorbidos por los modelos. A quienes convierten el mundo en información de quienes viven convertidos en recurso informacional.
Ahí sigue estando, para mí, el núcleo del trabajo artístico y crítico: no aceptar la infraestructura como paisaje natural, no confundir acceso con emancipación, no confundir circulación con esfera pública, no confundir automatización con inteligencia, no confundir innovación con progreso.
No hay cultura crítica posible si no se disputa la arquitectura técnica del presente. No hay democracia cultural bajo infraestructuras privadas de vigilancia. No hay imaginación libre dentro de sistemas diseñados para anticiparla, clasificarla y rentabilizarla.
Cita recomendada: ANDÚJAR, Daniel G. Inforricos e infopobres: la promesa falsa de la sociedad de la información Mosaic [en línea], septiembre 2026, no. 209. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/m.n209.2607



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