Universitat Oberta de Catalunya

Monopolios intelectuales: cómo el conocimiento producido entre muchos queda en manos de unos pocos

El siguiente texto es un fragmento del capítulo 2. Redes del libro «Teoría de la Dependencia Digital. Soberanía y Desarrollo en el Capitalismo del Siglo XXI» editado por Caja Negra.

Las diez empresas que más invierten en I+D en el mundo, con Amazon, Alphabet (Google), Apple, Meta y Microsoft en el top 5, concentran el 14 % del total de inversión privada en I+D. En 2024, la inversión en I+D de estas cinco empresas más Nvidia y Tesla casi alcanzó lo invertido en I+D por el gobierno de los Estados Unidos, que es por lejos el mayor inversor en I+D del mundo.1

A primera vista podríamos decir que Schumpeter, para muchos el padre de la economía de la innovación, tenía razón. En su obra tardía, el pensador austriaco deja de lado la idea de que la innovación surja de emprendedores que se constituyen como nuevas empresas y reconoce que es la gran empresa la que ha pasado a ser el agente de la innovación. Su razonamiento puede leerse así: a medida que la innovación depende más de la ciencia, se la asocia a megaproyectos que exigen laboratorios de un tamaño y con una calidad de equipamiento que únicamente grandes empresas pueden financiar.2 Suena verosímil, pero el razonamiento está incompleto.

La inversión en I+D de las gigantes de tecnología y de las demás empresas que ejercen monopolios intelectuales no solo se gasta internamente, sino que también se destina a crear redes con otras organizaciones. Es decir que el financiamiento va tanto a proyectos específicos como a la gestión de la red para asegurarse de que el conocimiento producido es el que les interesa. Cada monopolio intelectual sostiene su liderazgo sobre lo que podemos definir como sistemas o redes corporativas de coproducción y apropiación de conocimiento. Su ventaja innovativa depende de la extracción de rentas que se generan al convertir en activos intangibles el conocimiento y la información producidos con y por otros. Las empresas que ejercen monopolios intelectuales, desde las grandes farmacéuticas o automotrices a las gigantes de tecnología, son depredadoras de conocimiento.

Estas redes, además de recibir inyecciones de dinero privado, son financiadas por el sector público, que también impulsa la conformación de vínculos entre instituciones públicas y empresas privadas; algo que ha resultado en un entramado denso de universidades que producen conocimiento para monopolios intelectuales. Y, aunque el financiamiento esté distribuido, son los monopolios intelectuales los que luego concentran la monetización de los resultados colectivos y esto les permite gozar de todavía más recursos para sostener su posición de poder. Indagar en la configuración de estas redes y sus efectos en materia de qué se investiga y cómo (y qué queda marginado) es el objetivo de este capítulo.

2.1. Planificar la innovación

Los monopolios intelectuales del siglo XXI se especializan en el ensamblado o combinación de módulos dispersos y en las capas más genéricas de la producción de conocimiento porque estas son las instancias del proceso que les permiten conservar una visión general de la red. De esta manera, maximizan la consecuente apropiación de resultados.

Arun Arora y sus colegas3 distinguen entre la producción de módulos de conocimiento y su combinación. Aplicada esta distinción a la organización industrial de la innovación, podemos decir que las empresas líderes monopolizan la combinación de módulos que son creados dentro de su red corporativa de coproducción de conocimiento. Mientras tanto, en la periferia de la red, cada empresa se concentra en un módulo y desconoce el proceso completo. Esta división de tareas –y por lo tanto de conocimiento– no es producto del azar: se trata de un proceso de planificación de la innovación que incluye la gestión, la organización y la dirección de las tareas y recursos necesarios para producir, apropiar y monetizar conocimiento.

Durante el siglo XX, los monopolios intelectuales también planificaban la innovación, solo que lo hacían principalmente dentro de sus laboratorios de I+D, es decir, operaban como describía Schumpeter. IBM y Bell System, entre otras grandes empresas de la primera ola de las TIC, contaban con laboratorios en los que trabajaban miles de investigadores. Dentro de estos espacios planificaban la innovación, pero por encima de ellas había un planificador con más recursos y que supervisaba un ámbito de producción de ciencia y tecnología mucho más extenso: el gobierno de los Estados Unidos, en particular sus agencias y dependencias vinculadas a la industria militar.

Sistemas corporativos de innovación

Si en la segunda parte del siglo pasado el cambio tecnológico se planeaba desde el gobierno estadounidense, en particular desde su pata militar, y se desarrollaba en conjunto con empresas y universidades locales desde donde luego se exportaban los nuevos desarrollos al mundo, hoy la planificación de la innovación está a cargo de gerentes y directivos de las áreas de I+D y ejecutivos de monopolios intelectuales globales. Desde allí se digita quién hace qué y quién sabe qué en redes globales de coproducción de conocimiento entre muchos y apropiación entre pocos.

El sector público participa de estas redes no solo con sus instituciones, sino además como proveedor de financiamiento. Sin embargo, su capacidad para direccionar el desarrollo de la ciencia y tecnología es reducida. La industria espacial sirve de ejemplo ilustrativo. De la mítica NASA que llegó a la luna, hazaña que en aquel momento fue presentada como transformadora para la humanidad y que se enmarcó en la disputa geopolítica con la Unión Soviética, asistimos hoy a una industria cuyo direccionamiento está en manos privadas, en particular, en las de Elon Musk y su empresa SpaceX. Para principios de septiembre de 2025, había 8.393 satélites Starlink en órbita. Es más importante aún señalar que es esta misma empresa la que tiene la mayor capacidad de decisión sobre la orientación de cambio tecnológico de la industria espacial y la que concentra los beneficios asociados.

Mientras que esta falta de autonomía estatal a la hora de marcar la agenda de I+D y conducir la producción de conocimiento es una novedad en los Estados Unidos, la dependencia académica es moneda corriente en los países periféricos. El subdesarrollo también se expresa en la ocupación de posiciones subordinadas en la producción de conocimiento global, lo cual se refleja en una injerencia menor o directamente nula en la definición de las preguntas de investigación.4 Lo que ha cambiado, sin embargo, es quién planifica la agenda de investigación de las periferias. La influencia del gobierno estadounidense, y en segunda instancia de otros países centrales y sus académicos, cedió terreno a sus monopolios intelectuales.

Los vínculos entre organizaciones para la coproducción de conocimiento que describo en este libro no son ni relaciones de cooperación entre iguales ni intercambios mercantiles entre desconocidos. Son parte de la planificación de la innovación que llevan a cabo los monopolios intelectuales: comparten la producción de módulos o segmentos de proyectos de investigación con miles de organizaciones que trabajan con independencia unas de otras, pero que tienen en común su subordinación al monopolio intelectual. A veces hasta son compelidas a competir entre sí, como hizo Mercado Libre cuando puso a competir a su equipo interno de machine learning con dos empresas tercerizadas en el diseño de algoritmos de recomendación para su plataforma de comercio electrónico. Entre las tercerizadas estaba la start-up Machinalis, que fue adquirida luego de salir ganadora de esta seudocompetencia. Para los monopolios intelectuales, la externalización de la I+D reduce los riesgos relacionados con el proceso creativo sin perder la oportunidad de beneficiarse de los descubrimientos.

La planificación se ejerce no solo direccionando la investigación sino también, como anticipé más arriba, mediante la recombinación de los resultados de I+D dispersa. Únicamente los monopolios intelectuales conocen cómo se integran y cuáles son las piezas del rompecabezas y controlan la circulación del conocimiento (quién sabe qué) dentro de sus redes globales de coproducción y apropiación de intangibles. De esta forma, coproducir o tercerizar la producción de módulos no genera riesgos de imitación para el monopolio intelectual, maximiza las posibilidades de alcanzar descubrimientos, reduce riesgos económicos y es la estrategia más efectiva para mantener un perfil bajo frente a las oficinas de defensa de la competencia.

La innovación es planificada de forma sistémica y estratificada y esta dinámica contribuye con que la empresa líder mantenga su monopolio intelectual. En analogía con la idea de sistema nacional de innovación, esta articulación de coproducción en la que un monopolio intelectual organiza la I+D externalizada puede definirse como sistemas corporativos de innovación.5 El monopolio intelectual dirige, orienta la I+D y anticipa resultados deseados como supo hacer el Pentágono durante la Guerra Fría.

El posicionamiento de los monopolios intelectuales dentro de su sistema corporativo de innovación les da una visión general o de panóptico que facilita el ejercicio de control y planificación. Se ubican además en segmentos exclusivos del sistema de innovación que se vuelven pasos obligados generando cuellos de botella para la más amplia variedad de desarrollos. Las grandes farmacéuticas, por ejemplo, controlan los ensayos clínicos y el proceso regulatorio, etapas que escalan más que la investigación en potenciales medicamentos, que por definición requiere conocimientos específicos de la enfermedad a tratar. No importa si el descubrimiento es un tratamiento cardiovascular o una droga contra el cáncer, la metodología para realizar ensayos clínicos y conseguir la aprobación de las agencias regulatorias es a grandes rasgos la misma. Por eso, las grandes farmacéuticas construyeron sistemas corporativos de innovación en los que monopolizan los conocimientos necesarios para pasar de la mesa de laboratorio a la cama del paciente. Se erigen en un paso obligado para todo proceso de producción de medicamentos, mientras tercerizan en start-ups de biotecnología y universidades los descubrimientos específicos. La vacuna contra el covid-19 de Pfizer y BionTech ejemplifica esta división de tareas entre tipos de empresas: BionTech hizo el descubrimiento y Pfizer los ensayos clínicos.

Algo parecido pasa hoy con la nube pública: no importa de qué tipo de servicio de computación se trate, si involucra IA o no, si es exitoso o no, la nube se ha convertido en una pata indispensable de todo el camino que recorren las tecnologías digitales, desde su desarrollo, hasta su venta y consumo.

  1. 1. Datos disponibles en «The 2024 EU Industrial R&D Investment Scoreboard», Comisión Europea – Joint Research Center, Sevilla, 2024.
  2. 2. Joseph A. Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia, Página Indómita, Barcelona, 2010.
  3. 3. Arun Arora y otros, «Division of Labour and the Locus of Inventive Activity», Journal of Management & Governance, vol. 1, n° 1, 1997, pp. 123-140.
  4. 4. Fernanda Beigel, «Autonomía y dependencia académica. Universidad e investigación científica en un circuito periférico: Chile y Argentina (1950-1980)». (2010, editorial Biblos).
  5. Bengt-Åke Lundvall y Cecilia Rikap, «China’s Catching-Up in Artificial Intelligence Seen as a Co-Evolution of Corporate and National Innovation Systems», Research Policy, vol. 51, n° 1, 2022; Cecilia Rikap y Bengt-Åke Lundvall, «Big Tech, Knowledge Predation and the Implications for Development», Innovation and Development, vol. 12, n° 3, 2020.

Cita recomendada: RIKAP, Cecilia. Monopolios intelectuales: cómo el conocimiento producido entre muchos queda en manos de unos pocos Mosaic [en línea], septiembre 2026, no. 209. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/m.n209.2610

Acerca del autor

Cecilia Rikap

Economista e investigadora argentina especializada en economía política de la ciencia, la tecnología y la innovación. Es profesora asociada de Economía y jefa de investigación en el Institute for Innovation and Public Purpose de University College London (UCL), además de investigadora del CONICET. Su trabajo analiza el poder de las grandes empresas tecnológicas, los monopolios intelectuales, la dependencia digital y las relaciones centro-periferia en la producción global de conocimiento.

Sus investigaciones abordan cómo compañías como Google, Amazon, Meta, Apple y Microsoft organizan y controlan sistemas corporativos de innovación, concentrando conocimiento, infraestructuras y rentas. También trabaja sobre soberanía digital y defiende el desarrollo de capacidades públicas, abiertas y auditables en ámbitos como la inteligencia artificial, la nube y las infraestructuras digitales.

Es autora de libros como Capitalism, Power and Innovation: Intellectual Monopoly Capitalism Uncovered (2022), Teoría de la dependencia digital (2026) y The Rulers: Corporate Power in the Age of AI and the Cloud (2026). Ha asesorado a gobiernos, instituciones públicas y organismos reguladores de distintos países en cuestiones vinculadas a innovación, tecnología y soberanía digital.

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