Universitat Oberta de Catalunya

El audiovisual toma la web

Cuando no ha llegado aun el ecuador del año es arriesgado adelantar cuáles son los puntos por los que se recordará 2006. En el fugaz ‘tiempo Internet’, en que todo avanza a una velocidad un orden de magnitud más alta, más aun. Pero pocos discutirán que, entre otras cosas, este año se recordará como el año en que el vídeo tomó al asalto la web.

La eterna promesa

Para los que nos movemos en el mundo del multimedia, oír hablar de vídeo en la web comenzaba a ser la ‘eterna cantinela’. Todo el mundo llevaba tantos años diciendo que se trataba de un mercado a punto de explotar que hasta los más firmes abanderados comenzaban a pensar en el cuento de Pedro y el lobo…

En un principio, todo se trataba de resolver dos problemas. Por un lado, los desarrolladores de software debían afinar la tecnología de compresión de vídeo hasta que se hiciera factible albergar y enviar vídeo de calidad suficiente usando la infraestructura de la red. Por el otro, era necesario que una masa crítica de usuarios dispusiera habitualmente de un ancho de banda que permitiese ver vídeo en directo o ‘casi en directo’. Pero esos dos puntos se daban ya en 2004, cuando la conexión ADSL típica en España alcanzaba el megabit por segundo y códecs como el inevitable DivX igualaban o superaban la calidad de una cinta VHS a ese mismo megabit por segundo, a pantalla completa.

En 2005, dos acontecimientos encendían el reguero de pólvora que acabaría explotando en 2006.

  • En febrero un grupo de antiguos trabajadores de PayPal funda una pequeña empresa, YouTube. Cualquier usuario puede subir un archivo de vídeo a los servidores de la empresa. El archivo original de vídeo puede estar en cualquiera de los formatos universalmente aceptados (AVI, MOV y MPG, principalmente), y se aceptan tamaños de archivo de hasta 100 megabytes. El vídeo es procesado en los servidores de YouTube y se pone inmediatamente a disposición del público. Una de las novedades es que para distribuir el vídeo no se utilizan servidores de streaming, ni ninguno de los códecs habituales: se huye de las tecnologías de Apple, Microsoft o RealNetworks, y se empaqueta el vídeo en Flash. Además, se dota a cualquier usuario de la posibilidad de incrustar el vídeo en cualquier página web, utilizando una relativamente sencilla secuencia de comandos que sólo hace falta ‘copiar y pegar’.
  • Macromedia (actualmente Adobe) llevaba un tiempo predicando las bondades del códec de vídeo usado en Flash desde la gama MX y, sobre todo, la casi absoluta ubicuidad de Flash Player (y la ligereza de su descarga para aquellos usuarios que aun no dispusieran de él). Incluso algunas empresas se habían animado a colocar contenidos audivisuales en sus páginas web usando esta tecnología (destacan ESPN.com y CNet.com). YouTube supone, pues, más la universalización de la tecnología que una gran innovación tecnológica.
Youtube
  • En junio, el gigante Google lanza su servicio Google Video, con un funcionamiento y filosofía prácticamente idénticos a los de YouTube. Esto supone el espaldarazo definitivo al modelo de la pequeña empresa californiana. Y la elección, de nuevo, de la tecnología Flash para la distribución del vídeo valida la tomada previamente por YouTube.

Así, la combinación de un ancho de banda suficiente, la tecnología Flash (que en un principio nada tenía que ver con el vídeo, ni para la web ni para ningún otro medio), la pequeña iniciativa de YouTube (además de la publicidad, sus ingresos se limitan, a fecha de hoy, a un total de 11,5 millones de dólares, provenientes de dos rondas de inversión de la firma de capital de riesgo Sequoia Capital, y que representan una cifra muy pequeña, dadas las circunstancias) y el respaldo de Google consiguieron crear un mercado de la nada en seis meses escasos.

La realidad actual

¿Cuál es el volumen de éxito del vídeo en la web, hoy? En el momento de escribir este artículo el cineasta independiente Kevin Smith había colocado en YouTube el trailer oficial de su película Clerks II, y este había sido visto más de 190.000 veces. En cuatro días. En cuanto a producción en español, el videoclip “Yo Via Jasé Un Corrá” había tenido más de 1.400.000 impactos en tres semanas. Todos y cada uno de los veinte vídeos más populares de todos los tiempos en el servicio superaban los tres millones de visionados. Y entre esos veinte clips, un buen número de producciones son caseras, y delatan claramente el uso de videocámaras domésticas, edición en un ordenador personal con software de coste bajo o moderado y, sobre todo, una grandísima cultura audiovisual.

Google Video

Google Video, por su parte, no hace públicas las estadísticas de sus contenidos más vistos. Sin embargo, añade dos fuentes de contenido, que también son indicadores de la solidez del vídeo en la web:

  • Vídeo de venta y alquiler. Desde principios de 2006 es posible adquirir o alquilar (sólo en algunos países) contenidos de vídeo. De hecho, cualquier usuario que suba un vídeo al servicio puede optar por poner su vídeo a la venta, eligiendo un precio para la descarga (con o sin protección contra copia) a un precio determinado por el propio usuario.Entre los contenidos disponibles de esta forma se encuentran partidos de la NBA, series de televisión estadounidenses o vídeoclips.
  • ‘Partners oficiales’. La infraestructura de una compañía como Google (o YouTube) permite distribuir un gran volumen de información en vídeo a través de la red, aun cuando no haya ánimo de lucro, de manera eficiente y a coste casi cero. Es el caso de la US National Archives and Records Administration, que a través de Google pone a disposición del público, por ejemplo, parte del archivo videográfico de la NASA.

Problemas de crecimiento

Parece claro que estamos ante un nuevo mercado. Y como casi todas las nuevas oportunidades, se presentan nuevos problemas. En el caso del vídeo a través de la red, hay dos temas que vienen casi de la mano: el de las infraestructuras y el de los derechos de autor.

Hemos comentado con anterioridad que uno de los problemas que había retrasado la implantación del vídeo en la red era el de la infraestructura: el ‘último kilómetro’ de cable que unía la red de redes con el usuario era, hasta hace muy poco, el cuello de botella que impedía la prestación de un buen servicio (o, en algunos casos, aceptablemente bueno). Como ya hemos comentado, ese cuello de botella ha desaparecido, al menos en las zonas urbanas de los países del primer mundo. Pero con la llegada de la banda ancha a los hogares el problema se ha trasladado a la infraestructura de la red. Internet ha sido, desde su creación, un mundo de información básicamente textual, que es poco pesada por definición y, además, fácilmente comprimible. Esto quiere decir que hasta ahora era [relativamente] sencillo soportar el volumen global de datos que se comunicaban en cualquier momento.

Pero si pasamos de consumir información en formato textual (con un ancho de banda de 100 o 200 bytes por segundo) a información en formato vídeo (con un mínimo de 16 kilobytes por segundo, que puede subir a 128 para una película codificada en DivX, y mucho más si consumimos el vídeo de alta definición que podría ofrecer una conexión de 20 megabits), el volumen de datos que debe cruzar Internet desde el servidor que alberga el vídeo a nuestro ordenador se multiplica por 100 o por 1.000 con cierta facilidad. Mientras el número de usuarios se mantenga en un rango razonable, el vídeo no significará una carga mayor que las transferencias FTP actuales, o que el tráfico de las redes P2P. Sin embargo, la red, actualmente, no está preparada para soportar el acceso concurrente de millones de usuarios a contenido de vídeo de calidad media o alta. Y actualizar la infraestructura de Internet es un proceso largo y extremadamente costoso, con lo que corremos el riesgo de colapsar la red si el vídeo bajo demanda se impone demasiado rápido.

Por otro lado, siempre que hablamos de contenidos audiovisuales debemos pensar, automáticamente, en el espinoso tema de los derechos de autor y la propiedad intelectual. Sirva, como muestra de los primeros incidentes el caso de Jason McElwain, un estudiante de secundaria autista que protagonizó, hace unas semanas, una historia de interés humano en un informativo de la cadena estadounidense CBS al encestar consecutivamente seis triples en cuatro minutos en un partido de baloncesto. Un usuario de YouTube subió el vídeo de la noticia (basada en una filmación de vídeo aficionado cuyos derechos había conseguido el canal) que tuvo un elevado número de vistas, hasta que esto llegó a oídos de la cadena, que solicitó a la empresa que lo retirara, cosa que esta hizo inmediatamente. YouTube quiere huir de cualquier asociación con empresas como Napster, por lo que colabora activamente con las entidades que solicitan la retirada de vídeos que infrinjan la legislación de derechos de autor. De cualquier forma, el problema de impedir infracciones de ese tipo es grande, y toda empresa que desee seguir el camino del vídeo en la red deberá tenerlo en cuenta muy seriamente.

Perspectivas de futuro

A pesar de los obstáculos en el camino, todo parece presagiar que el vídeo no sólo no va a desaparecer de la red, sino que su presencia va a ser cada vez más importante.

Una parte de ese auge va a venir por la universalización del acceso a la banda ancha, y por el necesario boca oreja que debe acabar de popularizar los contenidos. Pero en lo que es cada vez más una web colaborativa, que se comporta como plataforma de software, ya comienzan a surgir aplicaciones en la red que van un paso más allá. Es el caso, por ejemplo, de eyespot, que actúa como más que un mero repositorio, y permite una edición rudimentaria desde la propia aplicación web, sin necesidad de descargar ningún tipo de software. Esto, unido a la capacidad, por ejemplo, de subir vídeo desde un móvil, puede acabar de hacer ubicuo el vídeo en la red.

Acerca del autor

César Córcoles es profesor del grado de Multimedia de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la UOC. Licenciado en Matemáticas, coordina asignaturas del ámbito científico, pero también temas variopintos, como los estándares web, el impacto de las nuevas tecnologías sobre la transferencia de conocimiento o el 'new media'.